jueves, 23 de abril de 2009

Cagliostro y la Orden de Malta

 

cagliostro%20 Ya desde los inicios de su accidentada carrera, la relación con la Orden de Malta de Giuseppe Balsamo, primero, y de Alejandro Conde de Cagliostro después, parece ser una constante en la vida de este personaje único. Esta relación constituye uno de los principales misterios de su vida. Muy joven aún –ya lo hemos visto– con veintidós o veintitrés años, hace su primer viaje a La Valeta. Lo hace, como sabemos, en compañía de un extraño individuo, alquimista y en cierto modo, para aquella época, químico industrial especializado en la imitación de la seda partiendo de tejidos bastos. Este “maestro” o mentor del joven Balsamo le introduce al parecer en las más altas esferas de la Orden.

Es escasa la información que, por otra parte, nos MaltaMproporciona monseñor Barberi, tan detallista en otras ocasiones, acerca de los vínculos de Cagliostro con los Caballeros; se limita a informarnos, bastante lacónicamente, que desviados los viajeros en su ruta hacia El Cairo, los vientos contrarios los condujeron a Malta, donde se establecieron y trabajaron en el laboratorio alquímico del Gran Maestre.

Según el biógrafo Ribadeu-Dumas, Cagliostro habría afirmado ser recibido por primera vez por Pinto en el año 1766. Alojado en Palacio, ocupó los apartamentos situados junto al laboratorio.

Balsamo no cuenta todavía con la bella compañera –único medio, sugiere malignamente el buen monseñor Barberi– que pocos años más tarde le granjeará en un principio la protección de muchos aristócratas, entre los que se contará, como veremos, algún español que otro. Sin embargo, obtiene de alguna manera la protección de los Caballeros.

La muerte del maestro Althotas trunca al parecer su inicial carrera en el favor de la Orden. Su humilde origen, escasa cultura y menos mundo, impedimentos de los que se irá redimiendo gradualmente, no le permiten aprovechar la ocasión, verdaderamente única, que se le ofrece en ese momento, y pronto abandona la isla para reanudar su vida de errante picaresca, primero en Nápoles (donde abandona la protección del caballero Luigi d’Aquino, de la ilustre casa de los príncipes de Caramanica) y luego en Roma.

En sus viajes por el Mediterráneo oriental, al inicio de su carrera, Balsamo, poco satisfecho de sus verdaderos y humildes orígenes, va recogiendo elementos que posteriormente utilizará para crearse una propia leyenda sobre su infancia en la ciudad de Medina bajo el nombre de Acharat, su viaje a La Meca, sus estudios y peregrinaciones en Egipto y su viaje a Malta, donde el Gran Maestre, conocedor de su “verdadera” identidad lo recibirá con los brazos abiertos, etc. Asimismo, y sin afirmarlo categóricamente, nunca desmintió los rumores, difundidos por sus admiradores en su época de gloria, sobre la existencia de pruebas fehacientes que demostraban que Cagliostro era, efectivamente, hijo de Pinto de Fonseca y de una misteriosa y no mejor identificada Princesa de Trebisonda, hija de un Jerife de La Meca, que habría sido hecha prisionera por las galeras de la Orden. Rumores que –se afirmaba– habrían sido confirmados por el embajador de Francia en la Isla, y que podían ofrecer ciertas apariencias de verisimilitud, dada la fama de mujeriego del Gran Maestre, que no debía por cierto cumplir con demasiado rigor el voto de castidad al que estaba ligado. A su muerte, Pinto habría dejado a su supuesto hijo enormes riquezas.

Años más tarde, en su Memorial de defensa en el proceso del collar, Cagliostro, relatando a su manera la historia de su vida, rodeó su arribada a Malta de un halo de misterio, y afirmó haber sido dispensado de la cuarentena por merced especial del Gran Maestre, con el cual habría mantenido numerosos y frecuentes entrevistas: “Todo me induce a creer, que el Gran Maestre Pinto estaba informado acerca de mis orígenes. Varias veces me habló del Jerife y de Trebisonda, pero nunca se explicó claramente sobre el asunto. Por otra parte, me trató siempre con la mayor distinción, ofreciéndome una rápida carrera en el caso de que me decidiese a pronunciar los votos de los Caballeros de Malta. Sin embargo, mi afición por los viajes y el impulso que me llevaba a ejercer la medicina me llevaron a rechazar ofertas tan generosas como honrosas.”

Todas estas hipótesis han sido tomadas muy en serio por diversos historiadores, que incluso en nuestros días han investigado muy a fondo los archivos de la Orden, especialmente por lo que respecta a las presas marítimas efectuadas por las galeras maltesas durante el período más probable del comienzos de los supuestos amoríos del Gran Maestre con la hipotética Princesa de Trebisonda, sin que se haya encontrado prueba alguna en apoyo de esta teoría.

Sin lugar a dudas, hay mucho de fantasía, de “creación de imagen” y de publicidad personal, que se diría ahora, en estas aseveraciones de Cagliostro y de alguno de sus apologistas; también una buena parte, quizás, de medias verdades más o menos embellecidas por la desatada imaginación del palermitano, un buen ejemplo de las cuales lo encontramos en el famoso Memorial de París. En dicho opúsculo, publicado y distribuido en millares de ejemplares por todas las ciudades europeas, empezando naturalmente por París, Cagliostro declara con orgullo y sin temor a ser desmentido, haber tratado en La Valeta, además del Gran Maestre Pinto, ya fallecido, a muchos otros Caballeros, entre los cuales incluye al a la sazón bailío de Rohan, Gran Maestre de la Orden en la época del proceso, Emmanuel-Marie de Rohan-Polduc, quien dirigió los destinos de la Isla desde 1775 hasta 1797.

Un año después del proceso de París, el gacetillero y libelista Thévenau de Morande, en plena campaña de descrédito contra la figura de Cagliostro, trataba frenéticamente de obtener, sin conseguirlo, que el gran Maestre o sus representantes desmintieran o rechazaran las alegaciones del palermitano, pese a que la Orden tenía representación diplomática en la mayoría de las capitales europeas.

Lo que sí parece probado y fuera de toda duda, es que en su primer viaje a la Isla de los Caballeros, Cagliostro trabajó en el laboratorio alquímico de Pinto. Es sabido que el portugués era un fanático de la alquimia, y había invertido sumas astronómicas en un laboratorio que había hecho instalar en una torre frente al patio de su palacio. La historiadora francesa Denyse Dalbian cita el diario de un contemporáneo que, con fecha 21 de febrero de 1754, escribía lo siguiente: “Desde hace algunos meses un pretendido alquimista se encuentra alojado en el Palacio de Su Eminencia Serenísima. Este hombre ha sido recibido por Su Eminencia, que le ha acordado toda su confianza, ofreciéndole hospitalidad en su palacio y encargándose de su mantenimiento. Ocupa los apartamentos situados frente a la fuente construida por Su Eminencia en el patio del Palacio, y ha anunciado su intención de confeccionar un elixir destinado a conservar la salud, el vigor y la inteligencia.” Así, pues, unos diez años más tarde, Balsamo habría sido igualmente recibido por el Gran Maestre, y alojado en los mismos apartamentos situados al lado del laboratorio. Como observa Dalbian, lo que se produjo en 1754, pudo muy bien repetirse, en efecto, diez años más tarde.

Ni Balsamo primero, ni Cagliostro después, interrumpirán esta especial relación con la orden religioso-militar. El siciliano mantendrá, incluso en la ausencia, una permanente amistad con el caballero Luigi d’Aquino, a quien años más tarde, ya en la plenitud de su fama, irá a visitar en su lecho de muerte, en la natal Nápoles.

Es también curioso –y probablemente significativo– el hecho de que entre los escasos personajes importantes de la saga cagliostrana de los cuales monseñor Barbieri tiene a bien revelarnos el nombre, olvidando en su caso los loables principios de justicia, caridad y prudencia, alegados para proteger la identidad de otras encumbradas figuras, tres pertenezcan a la Orden de Malta: Pinto de Fonseca, prestigioso Gran Maestre y adepto alquimista, el bailío de Breteuil, embajador de la Orden en Roma y protector del joven Balsamo, y el caballero d’Aquino. ¿”Quizás –preguntamos– porque además de su reconocida afición por el Arte Real, Pinto expulsó a los Jesuitas de los territorios de la Orden en 1769, por la filiación masónica del embajador y por la amistad de Cagliostro con d’Aquino, hermano del también francmasón príncipe de Caramanico?

Ningún autor parece haber observado este significativo “descuido” del redactor del Santo Oficio. Lo que sí es evidente es que la Curia romana no sentía demasiadas simpatías hacia la poderosa y un tanto molesta Orden de Malta, que desde el punto de vista político-religioso no parecía ser, según el dicho popular italiano, “ni carne ni pescado.”

Hoy en día, y por un ¿azar? del destino, el busto del Conde de Cagliostro, retratado en la plenitud de su gloria por el escultor francés Houdon, alza al cielo los ciegos ojos de mármol en una hornacina del Museo Granet, situado en el antiguo palacio del Priorato de la Orden de Malta en Aix-en-Provence.

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