domingo, 14 de febrero de 2010

Priscilianismo

Prisciliano

Esta herejía se originó en España en el siglo IV y es derivada de las doctrinas gnóstico-maniqueas enseñadas por Marco, un egipcio de Menfis. Sus primeros seguidores fueron una dama llamada Agape y un retórico llamado Elpidio, a través de cuya influencia se unió a ellos Prisciliano," hombre de noble cuna, grandes riquezas, atrevido, inquieto, elocuente, erudito gracias a sus grandes lecturas, siempre listo para el debate y la discusión " (Sulpicio Severo, "His. Sac.", II, 46).

Su elevada posición y sus grandes dotes le convirtieron en el líder del grupo y en ardiente defensor de las nuevas doctrinas. Sus dotes oratorias y la reputación por su extremo ascetismo atrajeron a muchos seguidores, entre ellos dos obispos, Instanciano y Salviano. Los miembros de la nueva secta se organizaron en una sociedad en la que se unían por juramentos. Su rápida difusión atrajo la atención del obispo católico de Córdoba, Higinio, que manifestó sus temores a Idacio, obispo de Mérida, quien junto con Itacio de Ossanova, convocaron un concilio en Zaragoza en el 380, al que acudieron obispos no solo de España sino de Aquitania. También se convocó a los priscilianistas pero se negaron a acudir y el concilio pronunció sentencia de excomunión contra los cuatro líderes Instancio, Salviano, Helpidio y Prisciliano. Se encargó a Itacio, hombre impulsivo y violento, que hiciera cumplir los decretos conciliares. No logró convencer a los herejes quienes, en claro desafío, ordenaron a Priciliano como sacerdote y le nombraron obispo de Avila. Idacio e Itacio apelaron a las autoridades imperiales. Graciano emitió un decreto que no solo privaba a los priscilianistas de las iglesias de las que se habían apoderado sino que además los condenaba al exilio. Instancio, Salviano y Priciliano fueron a Roma para tratar de conseguir que el Papa Dámaso revocara la sentencia. Al negárseles una audiencia fueron a Milán buscando la ayuda de San Ambrosio, pero con el mismo resultado. Entonces lo intentaron en la corte con intrigas y sobornos con tal éxito que no solo se vieron libres de la sentencia de destierro sino que se les permitió tomar posesión de sus iglesias de España, donde disfrutaron de tal poder por el patrocinio de los funcionarios imperiales que obligaron a Itacio a salir del país. Este, a su vez, apeló a Graciano, pero antes de que se llegara a una solución, el emperador fue asesinado en Paris, ocupando su lugar el usurpador Máximo, quien, como necesitaba el apoyo del partido ortodoxo y llenar sus arcas, convocó un Concilio en Burdeos en el año 384.

Primero se juzgó a Instancio que fue condenado y depuesto. Entonces Prisciliano apeló al emperador que estaba en Tréveris. Itacio actuó como acusador y fue tan vehemente en sus denuncias que obligó a intervenir a San Martin de Tours, entonces en Tréveris, y que manifestó su desaprobación por llevar los asuntos religiosos ante un tribunal civil y obtuvo del emperador la promesa de que su condena evitaría el derramamiento de sangre. Cuando San Martín de Tours dejó Tréveris, el emperador nombró como juez al prefecto Evodio que encontró a Prisciliano y a los otros, culpables del crimen de magia. La sentencia se comunicó al emperador que mandó ejecutar a espada a Prisciliano y varios de sus seguidores; otros vieron sus propiedades confiscadas y condenados al destierro. La conducta de Itacio fue severamente reprobada. Cuando San Martín de Tours oyó lo que había sucedido, volvió a Tréveris y obligó al emperador a rescindir la orden dada a los tribunos militares que ya estaban de camino hacia España para extirpar la herejía. No tiene, pues, fundamento, la acusación de que la Iglesia recurrió a la autoridad civil para castigar a los herejes, en la condena y muerte de Prisciliano. El Papa censuró no sólo las acciones de Itacio sino también las del emperador. San Ambrosio fue igualmente severo condenando este caso; algunos de los obispos galos que estaban en Tréveris bajo el liderazgo de Teogisto, rompieron la comunión con Itacio, que fue depuesto de su sede por un sínodo de los obispos españoles, mientras que su amigo e instigador Idacio fue obligado a renunciar.

La muerte de Prisciliano y sus seguidores tuvo un efecto inesperado. El número y el celo de los herejes aumentó y se veneró como santos y mártires a los que habían sido ejecutados. El progreso y difusión de la herejía requería nuevos métodos de represión. En el año 400 se celebró un concilio en Toledo en el que muchos, entre ellos los obispos Sinfonio y Dictinio, se reconciliaron con la Iglesia. Dictinio fue el autor de "Libra" (Las Balanzas) un tratado moral desde el punto de vista priscilianista. La convulsión que siguió en la península española a la invasión de los Vándalos y los Suevos, ayudó a la difusión del priscilianismo. Tan amenazador fue este reverdecimiento de la herejía que Orosio, un sacerdote español, escribió a San Agustín (415) para conseguir su apoyo en la lucha contra ella. El Papa León tomó parte activa en la represión y gracias a su urgente insistencia se reunieron varios concilios en 446 y 447 en Astorga, Toledo y Galicia. A pesar de estos esfuerzos, la secta siguió propagándose durante el siglo V para declinar en el siglo VI y tras el sínodo de Braga del año 553, que legisló en su contra, pronto desapareció.

Respecto a las doctrinas y enseñanzas de Prisciliano y su secta no es necesario entrar en la discusión de si Prisciliano fue culpable de los errores que tradicionalmente se le atribuyen, si fue realmente hereje o fue injustamente condenado. La falta de entendimiento y la reprobación ya durante su vida y después contribuyó a que se le cargara con el peso de opiniones heréticas que se desarrollaron más tarde y que se asocian con su nombre. El peso de la evidencia durante todo el curso de los acontecimientos a lo largo de su vida hace que el supuesto de inocencia sea extremadamente improbable. Los once tratados salidos de su pluma descubiertos por Schepss en un manuscrito de los siglos V o VI hallado en la biblioteca de la Universidad de Würzburg no han puesto fin a la controversia que aún está envuelta en considerable dificultad. Kunstle (Antiprisciliana) que ha examinado todo el testimonio, ha decidido a favor de la tesis tradicional que parece la única capaz de ofrecer una solución adecuada al hecho de que las iglesias de España y de Aquitania sufrieran tantas alteraciones por la tendencia separatista del movimiento priscilianista. El fundamento de las doctrinas priscilianistas es el dualismo gnóstico-maniqueo, una creencia en la existencia de dos reinos, uno de la Luz y otro de la Oscuridad. Los ángeles y las almas de los hombres fueron arrancados de la sustancia divina. Las almas humanas habían de conquistar el reino de las tinieblas pero cayeron y fueron aprisionadas en cuerpos materiales. Así ambos reinos están representados en el hombre y de ahí el conflicto simbolizado por parte de la luz en los doce Patriarcas, espíritus divinos, que corresponden a ciertos poderes humanos y por parte de La Oscuridad, por los Signos del Zodíaco, símbolos de la materia y del reino inferior. La salvación del hombre consiste en la liberación del dominio de la materia. Cuando los doce Patriarcas no pudieran liberarle vino el Salvador en un cuerpo celeste que aparecía como el de otros hombres y con su doctrina y su muerte aparente liberó a las almas de los hombres de la influencia de lo material. Estas doctrinas podían armonizarse con las enseñanzas de la Escritura sólo mediante una exégesis forzada y una teoría de la inspiración igualmente extraña. Se aceptaba el Antiguo testamento pero rechazando la narración de la creación. Se reconocían como genuinos e inspirados algunos escritos apócrifos. La ética del dualismo priscilianista con su pobre concepto de la naturaleza dio origen a un indecente sistema ascético así como a algunas observancias litúrgicas peculiares, como el ayuno los domingos y el día de Navidad. Puesto que sus doctrinas eran esotéricas y exotéricas y puesto que se creía que los hombres en general eran incapaces de entender los más altos caminos. A los priscilianistas, o al menos a los iluminados, se les permitía mentir por una finalidad más santa. Debido precisamente a que estas enseñanzas iban a escandalizar a los fieles, Agustín escribió su famosa obra De Mendatio (Sobre la Mentira).

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