martes, 12 de octubre de 2010

Pensamiento Mínimo

Amarse a sí mismo es el comienzo de un idilio que durará toda la vida.

José de Arimatea

 

Descendimiento

Los Evangelios aportan solo una breve descripción de José de Arimatea, de forma que sabemos poco acerca de él, aparte del hecho de que era rico y un discípulo secreto de Jesús (Juan 19: 38). Lucas añade que era miembro del Gran Consejo del Sanedrín, lo que sugiere que gozaba de una posición de cierta autoridad. Parece que José de Arimatea, que fue considerado un «hombre recto y bueno» (Lucas 23: 50), no estuvo de acuerdo con la pena impuesta a Jesús por los miembros del Sanedrín. Según Mateo (27:57-60) y Marcos (15: 43-5), le pidió personalmente a Poncio Pilatos el cadáver de Cristo, lo que sugiere que era suficientemente poderoso como para que le concedieran audiencia con el gobernador romano de Judea. Según las costumbres judías, era deber del pariente masculino más cercano encargarse del entierro del fallecido y. por ello, se ha sugerido que José de Arimatea era hermano de Jesús (véase The Manan conspiracy, de Graham Phillips), aunque la tradición oriental lo tiene por tío de la Virgen María.

Algunos textos no canónicos aportan algo más de información sobre José. El Evangelio de Pedro menciona que, de hecho, era amigo personal de Poncio Pilatos, y el Evangelio de Nicodemo hace alusión al entierro de Cristo y afirma que, tras él, los ancianos judíos encarcelaron a José de Arimatea. Durante su estancia en prisión, se le apareció Jesús resucitado y lo transportó milagrosamente a su casa, donde le indicó que permaneciera cuarenta días. Los ancianos judíos se quedaron muy sorprendidos al descubrir que José se había escapado y que los cerrojos y la cancela de su celda no estaban rotos ni habían sido forzados. Al darse cuenta de que estaban tratando con una persona de posición elevada, le escribieron una carta de disculpa y le pidieron que se reuniese con ellos en Jerusalén. En dicha reunión, José explicó lo que había ocurrido exactamente e informó a los ancianos judíos de que también habían resucitado otros a la vez que Jesús. La narración de José también confirma la historia de su encarcelamiento. El Tránsito de María es supuestamente un Evangelio escrito por el propio José de Arimatea, quien, después de la Crucifixión, ayudó a la Virgen María.

En comparación con la escasa información que hay sobre José de Arimatea en los Evangelios, aparece mencionado bastante en los textos apócrifos, en las leyendas posteriores y en los romances artúricos. En estos relatos se dice que José era un mercader de estaño que llevó a Jesús a Inglaterra durante la juventud de este, que fue el fundador del cristianismo en Gran Bretaña y que era el guardián del Santo Grial. Es un tanto sorprendente que José de Arimatea, un pequeño personaje del Nuevo Testamento, esté relacionado con Gran Bretaña, pero una larga tradición le asocia con Cornwall y Somerset. Estas tradiciones afirman que llevó consigo en una ocasión al joven Jesús en un barco mercante de estaño. Si por entonces José ya conocía Gran Bretaña, entonces resulta comprensible que el apóstol Felipe lo envía a más tarde allí desde la Galia.

Aunque el fundador oficial del cristianismo en Gran Bretaña fue, en el año 597, San Agustín, fuentes no canónicas y relatos posteriores cuentan que José de Arimatea llegó de hecho a Gran Bretaña en el año 37 o en el 63. Las narraciones afirman que huyó de Judea con algunos más, entre otros, se suele decir con el apóstol Felipe, Lázaro, María Magdalena, María y María le Betania. Lázaro y María Magdalena se quedaron en Marsela, mientras que el resto del grupo continuó viaje hasta la Zialia, más hacia el norte de lo que hoy es Francia. El apóstol Felipe envió entonces a José de Arimatea, junto con otros once o doce más (depende del texto), a predicar a Gran Bretaña. El viaje por mar llevó a José al «País del Oeste», donde el rey ocal, Arvirago, le concedió a José y a sus acompañantes algunas tierras en la «Isla Blanca». Allí fundaron una iglesia de adobe, la Vetusta Ecclesia, dedicada a la Virgen María. Generalmente suele aceptarse que esta es el actual asentamiento de Glastonbury (contrástese con Graham Phillips, quien cree que es Anglesey) y que el monasterio benedictino de Glastonbury ocupa ahora el sitio en el que estuvo aquella iglesia. La mayor parte de estos detalles pueden encontrarse en The Antiquity of the Church at Glastonbury, obra escrita en el siglo xii por William de Malmesbury, así como en Chronicle of the Antiquities of the Church of Glastonbury, escrita también en el siglo XII por John de Glastonbury. Sin embargo, encontramos un relato anterior sobre el papel que jugó José en la llegada del cristianismo a Gran Bretaña en The History of the Franks, obra escrita por Gregory de Tours en el siglo vi.

Otra parte de la historia relativa a José y a la primera comunidad cristiana de Glastonbury es la del espino que supuestamente aquél plantó. Al pararse a descansar en la colina Wearyall, José hundió su cayado en la tierra y en tal lugar creció un espino. El cayado que José llevaba consigo se había hecho con la corona de espinas que llevó Jesús en Su Crucifixión. El espino, que aún sigue en Glastonbury, florece en mayo y en Navidad y se alude a él como el Espino Santo. Sin embargo, la primera mención de todo esto aparece en The Life of Joseph of Arimathia, relato escrito en 1520, al que posteriormente se le incorporaron nuevos elementos en 1677 y 1716.

Probablemente el mito más famoso en torno a José de Arimatea es el referente a su custodia del Santo Grial. En estas historias normalmente se asocia al Santo Grial con la copa que utilizó Jesús en la Última Cena y en la que José recogió algunas gotas de Su sangre durante la Crucifixión. La primera mención de esto, si bien rudimentaria, la encontramos en The Life of St Mary Magdalene, de Rabanus Maurus (776-856). En ella, José de Arimatea aparece estrechamente ligado a la legendaria isla de Avalon, supuestamente en Somerset, donde está enterrado bajo la iglesia que fundó. También se cuenta que junto a él había dos vasijas de plata que contenían la sangre y el sudor de Jesús.

Durante el periodo medieval circularon muchas historias sobre el Grial, en particular la de Robert de Boron, Joseph d’Arimathie. En ella, el autor relata cómo Jesús es lanceado en un costado mientras está en la Cruz y cómo José recoge luego de su sangre en la copa que utilizó en la Última Cena. Debido a su relación con Jesús, las autoridades judías encarcelan a José y durante su estancia en prisión, se le aparece Jesús milagrosamente y le enseña los «misterios del Grial», aunque no se especifica cuáles eran estos. Después de cuarenta y dos años de cárcel, José es liberado y, junto con un grupo de cristianos, viaja a un país extranjero, donde se construye una mesa redonda para simbolizar la Última Cena. Sin embargo, hay un sitio en ella que nunca se utiliza: el correspondiente a Judas. Posteriormente, José busca un lugar en el que guardar el Santo Grial, y lo encuentra en el valle de Avalon (Glastonbury), donde se construye una iglesia.

Durante el periodo medieval fueron muy populares otras historias de este tipo, tales como Grand St Grau (1200), Parzival (1207, de Wolfram von Eschenbach), Queste del St Graal (1210), Perlesvaus (1225) y. la más importante, La muerte de Arturo (1485), de Sir Thomas Malory. En esta, José de Arimatea es el verdadero guardián del Santo Grial y el antepasado de Arturo, Lanzarote y sir Galahad.

domingo, 10 de octubre de 2010

Pensamiento Mínimo

Un pesado es alguien que cuando le preguntas cómo está, va y te contesta.

Juan de Jerusalén

cruzados

En 1991 se publicó en España un curioso libro titulado de Rituales secretos los Templarios, cuyo autor, oculto tras su nombre iniciático de Frater Iacobus, revelaba públicamente por primera vez los secretos de esta “enigmática” Orden, nacida en el transcurso de la Primera Cruzada y entre cuyos fundadores se encontraba nuestro profeta Juan de Jerusalén.

Los nueve caballeros que fundaron la Orden eran grandes Iniciados, según Frater Iacobus, que seguían las instrucciones de quienes la Tradición Universal denomina Los Superiores Desconocidos, a los cuales habría de referirse muchos siglos después el gran ocultista y mago S. L. Mc. Gregor Mathers.

Entre los objetivos de los Templarios, se encontraban la defensa de los Santos Lugares y la fe cristiana, establecer contactos ocultos con iniciados musulmanes y cabalistas y reunir a todos los pueblos en una suerte de República Universal donde reinaría la hermandad y se volvería a los misterios iniciáticos de la antigüedad. También tenían como meta la búsqueda de reliquias sagradas, principalmente el Arca de la Alianza y Las Tablas de la Ley. Sus integrantes debían hacer votos de pobreza, obediencia y castidad, y para ser admitidos tenían que atravesar por una serie de difíciles pruebas iniciáticas.

Según el Frater Iacobus, los 22 Grandes Maestres que dirigieron los destinos de la Orden a lo largo de casi 200 años se corresponden con los Arcanos Mayores del Tarot, con las 22 letras sagradas del alfabeto (alfabeto hebreo) y con las 22 letras del alfabeto mágico de la Rosa-Cruz.

Entre los cargos presentados para suprimir la Orden del Temple ( Una de las mayores manchas en la tenebrosa historia de la Iglesia Católica Romana , dice el teósofo C. W. Leadbeater en su libro Antiguos Ritos Místicos ) se encontraban: que no se cuidaban de pecar o cometer injusticias; que se entregaban a orgías sexuales; que en sus ceremonias de Iniciación se daban besos indecentes; que sus ritos tenían lugar en horas nocturnas; que renegaban de Cristo pisoteando y escupiendo un crucifijo; que adoraban y besaban el ano de un ídolo diabólico llamado BAPHOMET; que el sello de los Templarios, dos caballeros sobre una misma cabalgadura, simbolizaba un acto de sodomía, etc.

¿Eran culpables los Templarios?, se pregunta el Frater Iacobus, iniciáticamente hablando, no, de ningún modo. Para el clero de la época, si, totalmente. Los Templarios querían una vuelta al cristianismo primitivo y a los misterios iniciáticos antiguos, dentro de una religión universal, tolerante y evolutiva. Eran, incluso fuera del Temple Oculto, Iniciados, pero también hombres. Sin embargo, se adelantaron demasiado a su tiempo y no respetaron totalmente los preceptos religiosos de una época petrificada, como fue la Edad Media.

Estos son los hechos históricos más o menos conocidos. Lo que tal vez no sea tan conocido, debido a que el descubrimiento del texto de Juan es relativamente reciente, es que su libro secreto de profecías fue un elemento utilizado contra los Templarios. Habrían existido siete ejemplares del mismo, tres de los cuales fueron entregados al Gran Maestre de la Orden, quien a su vez los remitió a Bernardo de Clairvaux. M. Galvieski, que difundió el texto de Juan de Jerusalén, intenta reconstruir la historia de estos libros:

Uno habría sido llevado a Roma, y según él, hay suficientes razones para pensar que todavía se encuentra en los archivos vaticanos.

Otro fue donado por San Bernardo al Monasterio de Vezelay, y desapareció en la época del proceso contra los Templarios.

Un tercer ejemplar habría estado en manos de los juristas de la corte de Francia.

Otro habría llegado hasta Nostradamus.

Ya en años recientes, otra copia del libro habría llegado a manos de los bolcheviques, quienes lo destruyeron por considerarlo un documento contrarrevolucionario. Algunos suponen que es probable que, además del ejemplar encontrado en el Monasterio de Zagorsk, exista actualmente otro en el Monte Athos, en Grecia, resguardado en sus inaccesibles bibliotecas.

Cuando en 1307 el Gran Maestre Jacques de Molay y sesenta caballeros de Dios fueron arrestados, escribe Galvieski, esgrimieron sus manuscritos como elemento de cargo; de este modo, el Protocolo Secreto de las Profecías fue presentado como el dictado de Lucifer , la prueba de que los Templarios estaban en relación con las fuerzas del mal.

Poco les importó a los acusadores que el texto de Juan de Jerusalén hablara del Tercer Milenio. Según ellos, describía el porvenir como un infierno; así pues, habían entregado a los hombres a la voluntad del maligno. Entre todos los crímenes monstruosos de los que fueron acusados los Templarios, se repitió el de ser los soldados del diablo, los caballeros del mal, siendo el protocolo la prueba de su alianza negra.

PROFECÍAS

Juan de Jerusalén nació cerca de Vezelay, Francia, alrededor de los años 1040 ó 1042. Fue uno de los fundadores de la Orden de los Caballeros del Temple, en 1118. Murió poco después, en el año 1119 ó 1120, a la edad de 77 años.

Su libro de profecías, o más propiamente dicho Protocolo Secreto de las Profecías, habría sido conocido por Nostradamus, a quien sirvió de inspiración y guía para sus propias visiones proféticas.

Un manuscrito descubierto en Zagorsk, cerca de Moscú, y que data del siglo XIV, califica a Juan de Jerusalén de prudente entre los prudentes, santo entre los santos y que sabía leer y escuchar el cielo. También señala que Juan solía retirarse frecuentemente al desierto para rezar y meditar, y que estaba en la frontera entre la Tierra y el cielo.

Durante su estancia en Jerusalén, en el año 1099, pudo mantener encuentros con rabinos, sabios musulmanes, iniciados, místicos y cabalistas, prácticos en las artes adivinatorias, astrológicas y numerológicas.

Estas profecías estuvieron ocultas durante muchos años, hasta que en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, en 1941, fueron halladas por la S.S. en una sinagoga de Varsovia; luego de la caída de la Alemania nazi, desaparecieron nuevamente, hasta que fueron redescubiertas en años recientes en los archivos secretos de la K.G.B. soviética, según afirman algunos investigadores.

Las profecías parecen escritas específicamente para este fin de milenio, como si éste fuera el tiempo en que deben darse a conocer. Todas ellas comienzan con la frase: Cuando empiece el año mil que sigue al año mil... ; a pesar de su descarnada crudeza (sobre todo las relativas al SIDA y la contaminación ambiental), son de una gran belleza poética, lo cual las hace diferentes a otros textos proféticos:

“Veo y conozco” (escribió hace mil años Juan de Jerusalén)

Veo y conozco.

Mis ojos descubren en el cielo lo que será, y atravieso el tiempo de un solo

paso. Una mano me guía hacia lo que ni veis ni conocéis. Mil años habrán

pasado y Jerusalén ya no será la ciudad de los cruzados de Cristo. La arena

habrá enterrado bajo sus granos las murallas de nuestros castillos, nuestras

armaduras y nuestros huesos. Habrá sofocado nuestras voces y nuestras

plegarias.

Los cristianos venidos de lejos en peregrinación, allí donde estaban sus

derechos y su ley, no osarán acercarse al sepulcro y a las reliquias si no

es escoltado por los caballeros judíos, que tendrán aquí, como si Cristo no

hubiera sufrido en la cruz, su Reino y su Templo.

Los infieles serán una multitud innumerable que se extenderá por todas

partes y su fe resonará como un tambor de un confín al otro de la tierra.

Veo la inmensidad de la tierra. Continentes que Herodoto no nombró sino en

sueños se añadirán más allá de los grandes bosques de los que habla Tácito y

en el lejano final de mares ilimitados que empiezan después de las columnas

de Hércules.

Mil años habrán pasado desde el tiempo en que vivimos, y los fondos de todo

el mundo se habrán en grandes reinos y vastos imperios. Guerras tan

numerosas como las mallas de la cota que llevan los caballeros de la orden

se entrelazaran, desharán los reinos y los imperios y tejerán otros. Y los

siervos, los villanos, los pobres sin hogar se sublevaran mil veces, harán

arder las cosechas, los castillos y las villas, hasta que se les queme vivos

y se obligue a los supervivientes a volver a sus cubiles, Se habrán creído

reyes.

Mil años habrán pasado y el hombre habrá conquistado el fondo de los mares y

de los cielos, y será como una estrella en el firmamento. Habrá adquirido el

poder del sol y se creerá dios, construyendo sobre la inmensidad de la

tierra mil torres de babel. Habrá edificado muros sobre las ruinas de los

que levantaron los emperadores de Roma y éstos separarán una vez más las

legiones de las tribus bárbaras.

Más allá de los grandes bosques habrá un imperio. Cuando caigan los muros,

el imperio no será más que agua cenagosa. Las gentes se mezclarán una vez

más. Entonces empezará el año mil que sigue al año mil.

Veo y conozco lo que será. Soy el escriba.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, el hombre estará frente a la

entrada sombría de un laberinto oscuro. Y al fondo de esa noche en la que va

a internarse, veo los ojos del Minotauro. Guárdate de su furor cruel, tú que

vivirás en el año mil que sigue al año mil.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil.

El oro estará en la sangre. El que contemple el cielo contará denarios; el

que entre en el templo encontrará mercaderes; los mandatarios serán

cambistas y usureros; La espada defenderá la serpiente. Pero el fuego será

latente, todas las ciudades serán Sodoma y Gomorra y los hijos de los hijos

se convertirán en la nube ardiente; ellos alcanzarán los viejos estandartes.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, el hombre habrá poblado los

cielos y la tierra y los mares con sus criaturas; mandará, pretenderá los

poderes de Dios, no conocerá límite. Pero todas las cosas se sublevarán;

titubeará como un rey borracho; galopará como un caballero ciego y a golpes

de espuela internará a su montura en el bosque; al final del camino estará

el abismo.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, se erigirán torres de Babel

en todos los puntos de la tierra, en Roma y en Bizancio; los campos se

vaciarán; no habrá más ley que mirar por uno mismo y por los propios. Pero

los bárbaros estarán en la ciudad; ya no habrá pan para todos y los juegos

no serán suficientes; entonces, las gentes sin futuro provocarán grandes

incendios.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, el hambre oprimirá el

vientre de tantos hombres y el frío aterirá tantas manos, que estos querrán

ver otro mundo y vendrán mercaderes de ilusiones que ofrecerán el veneno.

Pero éste destruirá los cuerpos y pudrirá las almas; y aquellos que hayan

mezclado el veneno con su sangre serán como bestias salvajes cogidas en una

trampa, y matarán y violarán y despojarán y robarán, y la vida será un

Apocalipsis cotidiano.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, todos intentarán disfrutar

tanto como puedan; el hombre repudiará a su esposa tantas veces como se case

y la mujer irá por los caminos umbríos tomando al que le plazca, dando a luz

sin poner el nombre del padre. Pero ningún maestro guiará al niño y cada uno

estará solo entre los demás; la tradición se perderá; la ley será olvidada

como si no se hubiera anunciado y el hombre volverá a ser salvaje.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, el padre buscará el placer

en su hija, el hombre en el hombre, la mujer en la mujer, el viejo en el

niño impúber, y eso será a los ojos de todos. Pero la sangre se hará impura;

el mal se extenderá de lecho en lecho; el cuerpo acogerá todas las

podredumbres de la tierra, los rostros serán consumidos, los miembros,

descarnados; el amor será una peligrosa amenaza para aquellos que se

conozcan sólo por la carne.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, aquel que hable de promesas

y de ley no será oído; el que predique la fe de Cristo perderá su voz en el

desierto. Pero por todas partes se extenderán las aguas poderosas de las

religiones infieles; falsos mesías reunirán a los hombres ciegos. Y el

infiel armado será como nunca había sido; hablará de justicia y de derecho,

y su fe será de sangre y fuego; se vengará de la cruzada.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, el fragor de la muerte

provocada avanzará como la tormenta sobre la tierra; los bárbaros se

mezclarán con los soldados de las últimas legiones; los infieles vivirán en

el corazón de las ciudades santas; todos serán, por turnos, bárbaros,

infieles y salvajes. No habrá órdenes ni normas; el odio se extenderá como

la llama en el bosque seco; los bárbaros masacrarán a los soldados; los

infieles degollarán a los creyentes; el salvajismo será cosa de cada uno y

de todos, y las ciudades morirán.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, los hombres se juzgarán

entre ellos según sean su sangre y su fe; nadie escuchará el corazón

sufriente de los niños; se les echará del nido como los pájaros a sus crías;

y nadie podrá protegerlos de la mano armada con guantelete. El odio inundará

las tierras que se creían pacificadas. Y nadie se librará, ni los viejos ni

los heridos; las casas serán destruidas o robadas; los unos se apoderarán

del lugar de los otros; todos cerrarán los ojos para no ver a las mujeres

violadas.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, todos sabrán lo que ocurre

en todos los lugares de la tierra: se verá al niño cuyos huesos están

marcados en la piel y al que tiene los ojos cubiertos de moscas, Y al que se

da caza como a las ratas. Pero el hombre que lo vea volverá la cabeza, pues

no se preocupará sino de sí mismo; dará un puñado de granos como limosna,

mientras que el dormirá sobre sacos llenos. Y lo que dé con una mano

recogerá con la otra.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, el hombre comerciará con

todo; todas las cosas tendrán precio, el árbol, el agua y el animal; nada

más será realmente dado y todo será vendido. Pero el hombre entonces no

valdrá más que su peso en carne; se comerciará con su cuerpo como los

canales de ganado; tomarán su ojo y su corazón; nada será sagrado, ni su

vida ni su alma; se disputarán sus despojos y su sangre como si se tratara

de una carroña.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, el hombre habrá cambiado la

faz de la tierra; se proclamará el señor y el soberano de los bosques y de

las manadas; habrá surcado el sol y el cielo y trazará caminos en los ríos y

en los mares. Pero la tierra estará desnuda y será estéril, el aire quemará

y el agua será fétida; la vida se marchitará porque el hombre agotará las

riquezas del mundo. Y el hombre estará solo como un lobo en el odio de sí

mismo.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, los niños también serán

vendidos; algunos se servirán de ellos como de muñecos para disfrutar de su

piel joven; otros los tratarán como a animales serviles. Se olvidará la

debilidad sagrada del niño y su ministerio; será como un potro que se doma,

como un cordero que se sangra, que se sacrifica. Y el hombre no será más que

barbarie.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, la mirada y el espíritu de

los hombres serán prisioneros; estarán ebrios y no lo sabrán; tomarán las

imágenes y los reflejos por la verdad del mundo; se hará con ellos lo que se

hace con un cordero. Entonces vendrán los carniceros; los rapaces los

agruparán en rebaños para guiarlos hacia el abismo y levantar a los unos

contra los otros; se les matará para tomar su lana y su piel y el hombre que

sobreviva será despojado de su alma.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, reinarán los soberanos sin

fe; mandarán sobre multitudes humanas inocentes y pasivas; esconderán sus

rostros y guardarán en secreto su nombre y sus fortalezas estarán perdidas

en los bosques. Pero ellos decidirán la suerte de todo y de todos; nadie

participará en las asambleas de su orden; todos serán siervos pero se

creerán hombres libres y caballeros; sólo se levantarán los de las ciudades

salvajes y las creencias heréticas, pero también serán vencidos y quemados

vivos.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, los hombres serán tan

numerosos sobre la tierra que parecerán un hormiguero en el que alguien

clavara un bastón; se moverán inquietos y la muerte los aplastará con el

talón como a insectos enloquecidos. Grandes movimientos los enfrentarán unos

contra otros; las pieles oscuras se mezclarán con las pieles blancas; la fe

de Cristo con la del infiel; algunos predicarán la paz concertada pero por

todo el mundo habrá guerras de tribus enemigas.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, los hombres querrán

franquear las murallas; la madre tendrá el pelo gris de una vieja; el camino

de la naturaleza será abandonado y las familias serán como granos separados

que nada puede unir. Será, pues, otro mundo; todos errarán sin vínculos,

como los caballos desbocados corriendo en todas direcciones sin guía;

desgraciado del caballero que cabalgue esa montura; carecerá de estribos y

se precipitará en la zanja.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, los hombres no confiarán en

la ley de Dios, sino que querrán guiar su vida como a una montura; querrán

elegir a sus hijos en el vientre de sus mujeres y matarán a aquellos que no

deseen. Pero ¿qué será de estos hombres que se creen Dios? Los poderosos se

apropiarán de las mejores tierras y las mujeres más bellas; los pobres y los

débiles serán ganado; los poblachos se convertirán en plazas fuertes; el

miedo invadirá los corazones como un veneno.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, habrá surgido un orden negro

y secreto; su ley será el odio y su arma, el veneno; deseará siempre más oro

y se extenderá su reino por toda la tierra, y sus servidores estarán unidos

entre ellos por un beso de sangre. Los hombres justos y los débiles acatarán

su regla. Los poderosos se pondrán a sus servicios. La única ley será la que

dicte en las sombras; venderá el veneno aun dentro de las iglesias. Y el

mundo avanzará con ese escorpión bajo el pie.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, muchos hombres permanecerán

sentados con los brazos cruzados, se irán sin saber adónde, con los ojos

vacíos, pues no tendrán forja en la que batir el metal, ni campo que

cultivar. Serán como la simiente que no puede echar raíces. Errantes y

empobrecidos; los más jóvenes y los más viejos, a menudo sin hogar. Su única

salvación será la guerra y combatirán entre ellos, y odiarán su vida.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, las enfermedades del agua,

del cielo y de la tierra atacarán al hombre y le amenazarán; querrá hacer

nacer lo que ha destruido y proteger su entorno; tendrá miedo de los días

futuros. Pero será demasiado tarde; el desierto devorará la tierra y el agua

será cada vez más profunda, y algunos días se desbordará, llevándose todo

por delante como un diluvio, y al día siguiente la tierra carecerá de ella y el aire consumirá los cuerpos más débiles.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, la tierra temblará en muchos

lugares y las ciudades se hundirán; todo lo que se haya construido sin

escuchar a los sabios será amenazado y destruido; el lodo hundirá los

pueblos y el suelo se abrirá bajo los palacios. El hombre se obstinará

porque el orgullo es su locura; no escuchará las advertencias repetidas de

la tierra, pero el incendio destruirá las nuevas Romas y, entre los

escombros acumulados, los pobres y los bárbaros, a pesar de las legiones,

saquearán las riquezas abandonadas.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, el sol quemará la tierra; el

aire ya no será velo que protege del fuego. No será más que una cortina

agujereada y la luz ardiente consumirá las pieles y los ojos. El mar se

alzará como agua enfurecida; las ciudades y las riberas quedarán inundadas y

continentes enteros desaparecerán; los hombres se refugiarán en las alturas

y olvidando lo ocurrido, iniciarán la reconstrucción.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, los hombres sabrán hacer

realidad los espejismos; los sentidos serán engañados y creerán tocar lo que

no existe; seguirán caminos que solo los ojos verán y el sueño podrá hacerse

realidad. Pero el hombre ya no sabrá distinguir entre lo que es y lo que no

es. Se perderá en falsos laberintos; los que consigan dar vida a los

espejismos se burlarán del hombre pueril, engañándole. Y muchos hombres se

convertirán en perros rastreros.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, los animales que Noé embarcó

en su arca no serán, entre las manos del hombre, más que bestias

transformadas según su voluntad; y, ¿quién se preocupará de su sufrimiento

vital? El hombre habrá hecho de cada animal lo que habrá querido. Y habrá

destruido numerosas especies. ¿En qué se habrá convertido el hombre que haya

cambiado las leyes de la vida, que haya hecho del animal vivo pella de

arcilla? ¿Será el igual de Dios o el hijo del diablo?

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, se deberá temer por hijo del

hombre; el veneno y la desesperación le acecharán; no se le habrá deseado

más que por uno mismo, no por él o por el mundo; será acosado por el placer

y a veces venderá su cuerpo. Pero incluso el que sea protegido por los suyos

estará en peligro de tener el espíritu muerto; vivirá en el juego y en el

espejismo. ¿Quién le guiará cuando no tenga maestros? Nadie le habrá

enseñado a esperar y a actuar.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, el hombre se creerá Dios,

aunque no habrá progresado nada desde su nacimiento. Atacará vencido por la

ira y por los celos. Y su brazo estará armado con el poder del que se habrá

adueñado; Prometeo cegado podrá destruirlo todo a su alrededor. Será un

enano de alma y tendrá la fuerza de un gigante; avanzará a pasos inmensos

pero no sabrá qué camino tomar. Su cabeza estará cargada de saber pero ya no

sabrá porque vive o porque muere será, como siempre, el loco que gesticula o

el niño que gime.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, regiones enteras serán

botines de guerra. Más allá de los límites romanos e incluso en la antigua

territorio del imperio; los hombres de las mismas ciudades se degollarán;

aquí habrá guerra entre tribus y allá, entre creyentes. Los judíos y los

hijos de Alá no dejarán de enfrentarse y la tierra de Cristo será su campo

de batalla; pero los fieles querrán defender en todo el mundo la pureza de

su fe y ante ellos no habrá más que duda y poder; entonces la muerte

avanzará por todo el mundo como estandarte de los tiempos nuevos.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, multitudes de hombres serán

excluidos de la vida humana; no tendrán derechos, ni techo, ni pan; estarán

desnudos y no tendrán más que su cuerpo para vender; se le expulsará lejos

de la torre de Babel de la opulencia. Se agitarán como un remordimiento o

una amenaza; ocuparán regiones enteras y proliferarán: escucharán las

prédicas de la venganza y se lanzarán al asalto de las torres orgullosas;

habrá llegado el tiempo de las invasiones bárbaras.

Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, El hombre habrá entrado en

el laberinto oscuro; tendrá miedo y cerrará los ojos, pues ya no sabrá ver;

desconfiará de todo y temerá a cada paso, pero será empujado hacia delante y

no le será permitido detenerse. La voz de Casandra será, sin embargo,

potente y clara. Pero él no la oirá pues querrá poseer más cada día y su

cabeza se habrá perdido en las fantasías; los que serán sus maestros le

engañarán y no tendrá más que malos consejeros.

Llegados plenamente al año mil que sigue al año mil, los hombres por fin

habrán abierto sus ojos; ya no estarán encerrados en sus cabezas o en sus

ciudades; se verán y se oirán de un lado a otro de la tierra; sabrán que lo

que golpea a uno hiere al otro. Los hombres formarán un cuerpo único del que

cada uno será una parte ínfima, y juntos construirán el corazón, y habrá una

lengua que será hablada por todos y nacerá así, por fin, el gran humano.

Llegados plenamente al año mil que sigue al año mil, el hombre habrá

conquistado el cielo; creará estrellas en el gran mar azul sombrío y

navegará en esa nave brillante, nuevo Ulises, compañero del sol, hacia la

odisea celeste. Pero también será el soberano del agua; habrá construido

grandes ciudades náuticas, que se nutrirán de las cosechas del mar; vivirá

así en todos los rincones del gran dominio y nada le será prohibido.

Llegados plenamente al año mil que sigue al año mil, los hombres podrán

penetrar en las profundidades de las aguas; su cuerpo será nuevo y ellos

serán peces, y algunos volarán más altos que los pájaros como si la piedra

no cayera. Se comunicarán entre ellos pues su espíritu estará tan abierto

que recogerá todos los mensajes, y los sueños serán compartidos y vivirán

tanto tiempo como el más viejo de los hombres, aquel del que hablan los

libros sagrados.

Llegados plenamente al año mil que sigue al año mil, el hombre conocerá el

espíritu de todas las cosas, la piedra o el agua, el cuerpo del animal o la

mirada del otro; habrá penetrado los secretos que los dioses antiguos

poseían y empujará una puerta tras otra en el laberinto de la vida nueva.

Creará con la fuerza con que brota una fuente; enseñara es saber a la

multitud de los hombres, y los niños conocerán la tierra y el cielo mejor

que nadie antes que ellos. Y el cuerpo del hombre será más grande y más

hábil. Y su espíritu habrá abarcado todas las cosas y las habrá poseído.

Llegados plenamente al año mil que sigue al año mil, el hombre ya no será el

único soberano, pues la mujer empuñará el cetro; será la gran maestra de los

tiempos futuros y lo que piense lo impondrá a los hombres; será la madre de

ese año mil que sigue al año mil. Difundirá la dulzura tierna de la madre

tras los días del diablo; será la belleza después de la fealdad de los

tiempos bárbaros; el año mil que viene después del año mil cambiará en poco

tiempo; se amará y se compartirá, se soñará y se dará vida a los sueños.

Llegados plenamente al año mil que sigue al año mil, el hombre conocerá un

segundo nacimiento; el espíritu se apoderará de las gentes, que comulgarán

en fraternidad; entonces se anunciará el fin de los tiempos bárbaros. Será

el tiempo de un nuevo vigor de la fe; después de los días negros del inicio

del año mil que viene después del año mil, empezarán los días felices; el

hombre reconocerá el camino de los hombres y la tierra será ordenada.

Llegados plenamente al año mil que sigue al año mil, los caminos irán de una

punta de la tierra y del cielo a la otra; los bosques serán de nuevo

frondosos y los desiertos habrán sido irrigados; las aguas habrán vuelto a

ser puras. La tierra será un jardín; el hombre velará sobre todo lo que

vive; purificará lo que ha contaminado; así sentirá que toda esta tierra es

su hogar, y será sabio y pensará en el mañana.

Llegados plenamente al año mil que sigue al año mil, todos serán como

movimientos ordenados, se sabrá todo del mundo y del propio cuerpo; se

soñará con la enfermedad antes de que aparezca; todos se curarán así mismos

y a los demás. Se habrá entendido que es necesario ayudar para mantenerse, y

el hombre, después de los tiempos de cerrazón y de avaricia, abrirá su

corazón y su bolsa a los más desposeídos; se sentirá caballero de la orden

humana y así por fin un tiempo nuevo empezará.

Llegados plenamente al año mil que sigue al año mil, el hombre habrá

aprendido a dar y compartir; los días amargos de la soledad habrán pasado;

creerá de nuevo en el espíritu; y los bárbaros habrán adquirido el derecho

de ciudadanía. Pero eso vendrá después de las guerras y los incendios; eso

surgirá de los escombros ennegrecidos de las torres de Babel. Y habrá sido

necesario el puño de hierro para que se ordene el desorden. Y para que el

hombre encuentre el buen camino.

Llegados plenamente al año mil que sigue al año mil, el hombre sabrá que

todos los seres vivos son portadores de luz y que son criaturas que deben

ser respetadas; habrá construido las ciudades nuevas en el cielo, sobre la

tierra y sobre el mar. Conservará en la memoria lo que fue y sabrá leer lo

que será; ya no tendrá miedo de su propia muerte, pues en su vida habrá

vivido muchas vidas y sabrá que la luz nunca se apagará.

sábado, 9 de octubre de 2010

Pensamiento Mínimo

Envejecer es el único medio de vivir mucho tiempo.

Esoterismo cristiano y cristianismo esotérico

simon

Esoterismo y exoterismo son como las dos caras de una misma moneda, indisociables y complementarias. No hay posibilidad de esoterismo sin exoterismo, del mismo modo que, por ejemplo, no podemos beber agua si no disponemos de un recipiente que la contenga. Es el eterno problema del continente y del contenido. Si preferimos verlo desde otro punto de vista, diremos que la llama necesita tanto de la vela como la vela de la llama para poder dar luz.

Con todo, sigue existiendo una gran confusión entre esoterismo y exoterismo, entre el contenido y el continente. ¿Hemos de hablar de esoterismo cristiano o de cristianismo esotérico? ¿Cuál es el contenido y cuál el continente?

Numerosas formas de neoespiritualismo contemporáneo han contribuido sobremanera a confundir misticismo, simbolismo, espiritismo o parapsicología con el auténtico esoterismo, con la auténtica iniciación. Todo ello forma parte de lo que René Guénon ha denominado «la perversión del mundo moderno». Derivada del verbo perverto, la palabra «perversión» significa ‘poner lo de arriba abajo’, ‘poner al revés’.

En el contexto del cual estamos ocupándonos, el origen de la perversión consiste precisamente en su confusión de lo espiritual con lo psíquico, y viceversa. En este «mundo al revés», por utilizar una expresión del Zohar, numerosos autores y escuelas dotados de un antitradicional afán de modernidad han colocado a lo mental y emocional en el lugar que le corresponde a lo espiritual. La repercusión de esta perversión, que abarca todos los ámbitos de la existencia, es amplia y compleja; no vamos a ocuparnos de ella. Lo que nos interesa, por estar íntimamente relacionado con esta perversión, es diferenciar lo que tanto algunos ocultistas como otros exponentes del neoespiritualismo del siglo pasado llamaron «cristianismo esotérico» del auténtico esoterismo cristiano presente en nuestra religión desde sus inicios.

El cristianismo esotérico apareció en escena a finales del siglo pasado ocupando el lugar que le correspondería al auténtico esoterismo cristiano, confundiéndose para mucha gente ambos términos. No es, pues, de extrañar la actitud francamente hostil por parte de los representantes de la Iglesia hacia cualquier forma de esoterismo. Desde la invención del «cristianismo esotérico», entre el público no especializado, sigue existiendo una confusión en cuanto a lo que son realmente el ocultismo y el esoterismo.

René Guénon, que ha estudiado suficientemente el tema para que no tengamos que extendernos más en él, concluye que más que de un «cristianismo esotérico», hemos de hablar de un «esoterismo cristiano», como podemos hablar, por otra parte, de un «esoterismo islámico», inseparables ambos de su correspondiente exoterismo.

«La adhesión a un exoterismo es la condición esencial para llegar al esoterismo», ha escrito Guénon. Y aquí la «perversión del mundo moderno» a la que hacíamos referencia, cualquiera que sea la manera en que se manifieste, no puede ofrecernos ningún exoterismo. ¡Fuera de la Iglesia no hay salvación! Conviene que meditemos en esta última frase.

Debido, pues, en gran parte, a la perversión moderna, es hoy en día más difícil que nunca no sólo acceder al auténtico esoterismo cristiano, sino también darse cuenta de lo que hay. Ello ha contribuido, además, a que, cual una planta falta de savia, el propio exoterismo cristiano se haya debilitado, a que el creyente se haya orientado más hacia lo social que hacia lo sagrado, a que el sentimiento religioso haya menguado en Occidente de un modo alarmante.

No es necesario que nos esforcemos en buscar ejemplos de este debilitamiento: teología de la liberación, proliferación de sectas, crisis de vocaciones, etc.…

El hombre moderno se ha olvidado de Dios y ha erigido como dios a su razón. Ya Pablo VI escribía en un delicioso librito dedicado a la oración:

«El sentido religioso hoy parece haberse debilitado, apagado, desvanecido. Al menos así parece: Llamad como queráis a este fenómeno: desmitificación, secularización, autosuficiencia, ateísmo, antiteísmo, materialismo... pero el hecho es grave, sumamente complejo [...] e invade las masas, encuentra propaganda y adhesión en la cultura y las costumbres, llega a todas partes como si fuera una conquista del pensamiento y del progreso».

Es necesario plantear por qué es tan difícil detectar al esoterismo cristiano, y por qué existe una tendencia generalizada por parte de los aficionados al esoterismo a buscar en las sociedades secretas o en las religiones orientales y no en nuestra propia religión, en nuestra propia tradición.

Contestar como merece a estas dos preguntas exigiría unos conocimientos de los cuales carecemos y un volumen de información que, sólo por razones de espacio, no podríamos aportar.

Sin embargo, creemos interesante apuntar dos ideas que nos ayudarán, al menos, a acotar el problema.

La primera es que, en la Edad Sombría que nos ha tocado vivir, es sumamente difícil acceder a cualquier tipo de esoterismo, cristiano o no, y más aún comprenderlo y encarnarlo.

En segundo lugar, creemos que es importante resaltar que el cristianismo es, ante todo, una revelación. ¿No resulta un tanto presuntuoso querer acceder a su meollo prescindiendo del Espíritu que lo ha revelado? ¿No es cuanto menos grotesco intentar beber en él si despreciamos o ignoramos el corpus exotérico que lo vehicula y contiene?

Según la doctrina hindú de los ciclos, nos hallamos actualmente en el Kali Yuga, la Edad Sombría. «Desde entonces, escribe Guénon, las verdades que en otros tiempos eran conocidas por todos los hombres, se han hecho cada vez más ocultas y difíciles de alcanzar; los que las poseen son cada vez menos numerosos y si el tesoro de la sabiduría no humana anterior a todas las edades no puede perderse jamás, se rodea de velos cada vez más impenetrables que lo disimulan a las miradas y bajo los cuales resulta extremadamente difícil descubrir».

Estamos, ciertamente, al final de un ciclo y no sólo hemos perdido el sentido del esoterismo, sino también el de algo íntimamente relacionado con él: el de simbolismo y de la exégesis.

Actualmente se suele confundir el símbolo con la cosa simbolizada e incluso a veces con la cosa que se utiliza como símbolo. Son legión los autores que, a pesar de su incompetencia manifiesta para penetrar en él, cada vez que han logrado detectar un símbolo, deducen ingenuamente que encubre elevados secretos esotéricos. Así, hay quien ve cátaros y templarios en cualquier ruina, o quien nos descubre misteriosísimas fórmulas alquímicas para hacer oro a bajo precio en el rosetón de cualquier catedral, sea ésta gótica o no. Pero eso no es esoterismo, ni cristianismo, ni nada que se les parezca; es, en el mejor de los casos, algo cercano a la idolatría, un anhelo vago de dar sentido a partir de lo que sabemos (o creemos saber) a aquello que, por definición, debería vehiculizar una sabiduría no humana.

La capacidad de exégesis es algo que, como la imaginación parece faltarle al hombre moderno. Somos totalmente incapaces, por nosotros mismos, de ir más allá de la letra, del exoterismo, de las figuras históricas, de las meras representaciones que velan la realidad oculta de Dios. Ya Jámblico, el neoplatónico, en su De Misteriis Aegyptiorum sostenía que: «sin los dioses, ni siquiera podemos balbucir una palabra a propósito de los dioses».

Con todo, no es difícil darnos cuenta cuán poco serio es hablar de «Cristianismo esotérico», como si pudiera haber un cristianismo que en su intimidad no lo fuera. La simple lectura de los Evangelios a la luz de la tradición de los Padres de la Iglesia basta ya para que apreciemos que la doctrina cristiana o, si lo preferimos, las parábolas de Jesucristo tienen, como toda la Escritura, varias lecturas. Podemos, por ejemplo, leer en Mateo XI, 25:

«Doy gloria a ti, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y entendidos y las has descubierto a los párvulos».

O también:

«Entonces acercándose los discípulos le dijeron: ¿Por qué les hablas en parábolas? Él respondiendo les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos, mas a ellos no les es dado» (Mateo XIII, 10-11).

«Con muchas parábolas como éstas les hablaba la palabra, conforme a lo que podían oír. Y sin parábolas no les hablaba aunque a sus discípulos en particular les declaraba todo». (Mateo XIII, 34).

Bastan estas citas para darnos cuenta de que en la enseñanza de Jesucristo hay algo escondido, no accesible a todos y, por lo tanto, «esotérico». Pero no basta con ser superinteligente o estar muy informado para tener acceso a ello.

En otro lugar donde también se advierte la presencia de una enseñanza esotérica en las palabras de Jesucristo, es en el comienzo del Evangelio según Tomás:

«He aquí las palabras secretas que Jesús el Viviente ha dicho y que ha escrito Dídimo Judas Tomás: "Aquel que halle la interpretación de estas palabras no probará la muerte"».

Y por último, podemos también encontrar un ejemplo de lo mismo en un Padre de la Iglesia, Clemente de Alejandría, anterior al establecimiento del Cristianismo como religión oficial del Imperio. En el capítulo XII del primer libro de las Estromatas nos dice:

«Puesto que la Tradición (sagrada) no puede ser una cosa común y pública, hay motivo para ocultar "esta sabiduría expresada en el misterio" (I Corintios II, 7) que el Hijo de Dios nos ha enseñado (...) Esta idea me impedía escribir y aún ahora tengo mucho cuidado en no "lanzar las perlas a los puercos, no sea que las pisoteen y se vuelvan y os despedacen" (Mateo VII, 6)». Si durante años la Iglesia no ha querido pronunciarse en lo que se refiere al esoterismo cristiano y ha criticado, con toda la razón del mundo, al cristianismo esotérico, no ha dejado por ello de ser consciente de que en Cristo están «escondidos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (gnosis)» (Colosenses, II, 3).

Bástenos con citar unas palabras de Pablo VI que fueron televisadas el mes de diciembre de 1973:

«Si pensamos en esta Santa Faz que, en la noche de la transfiguración en la montaña, cegó las miradas estupefactas de los tres discípulos, en la inolvidable aparición, en cierto modo esotérica, teológica que Jesús les descubría».

Aquí se halla, a nuestro entender, el auténtico esoterismo cristiano, el meollo de nuestra religión y no en las más o menos brillantes especulaciones de pseudo ocultistas sobre los cuerpos o planos astrales o en sus sorprendentes teorías sobre la reencarnación.

A la hora de la verdad, y al lado de la resurrección propuesta por el Salvador, todo ello carece de importancia.

Lo que sí nos parece importante es que si deseamos acceder al esoterismo cristiano seamos selectivos en nuestras lecturas y no nos dejemos engatusar por las desencarnadas teorías que nos proponen las sectas modernas pseudo esotéricas. Sin duda adelantaremos más estudiando nuestras Escrituras, practicando nuestros ritos e impregnándonos de los maravillosos símbolos que nos ha legado nuestra Tradición.

viernes, 8 de octubre de 2010

Pensamiento Mínimo

Perdona siempre tus enemigos. Pero nunca olvides sus nombres.